Letras grabadas
Publicado por Hola Holita, Vecinillo , martes, 7 de mayo de 2013 15:04
Como un artista con su paleta, el mundo se dibuja a sí mismo con colores. Sobre la tierra marrón y la verde hierba fresca que pisan tus pies se extiende la bóveda celeste. El dorado del Sol se esconde a veces bajo el gris ennegrecido de las nubes que traen con ellas la fresca lluvia, y hay momentos en que ambos dibujan en el firmamento todos los colores juntos, todos los colores en armonía, y el arcoiris se pasea frente a nuestros ojos. En el negro de la noche brilla la Luna de plata, rodeada de estrellas de un blanquecino brillo parpadeante. Cada segundo hay cientos de miles de rosadas vidas en el mundo. Vidas rosadas que reciben flores lilas, amor con flores rojas, habitaciones blancas o verdes donde el color parece perder vida. Y la Muerte, la que siempre hemos creído ser reina de la oscuridad, la Parca vestida de negro, no lo es tal. No es más que un simple momento en que el color cambie y se pierde. El rojo de tu sangre se emblanquece, tus ojos se oscurecen y languidecen, tus labios pierden el sonrosado que tuvieron desde el primer momento de tu vida y el aliento se te escapa entre ellos. Arrancado de tu cuerpo el elemento de la vida, una vez que ha fluído de tu cuerpo el aliento, tu piel por un momento tiene ese color, antes de quedarse fría y pálida y muerta. Así es la Muerte al fin y al cabo. De color azul.
-¡Corre! -gritó, pero su voz quedó silenciada bajo el ensordecedor estallido de una granada de mano lanzada por el enemigo. La cercanía de la explosión le empujó de cara contra el suelo, quebrándose su máscara de gas. Se la quitó lo más rápido que pudo, tratando de recuperar el equilibrio mientras un fuerte pitido mermaba su capacidad auditiva.
Los años han pasado deslizándose con sigilo por entre estos trazos torpes con los que he tratado de dar vida a la esperanza y el dolor, el reflejo de lo deseado y el temor hacia lo desconocido, la vida y la muerte, llenando las páginas de la historia de mi vida. Cada nueva hoja ha sido un nuevo mundo de colores etéreos que me acarició hasta llevarme a la extenuación. Cada nueva línea ha sido un billete a un mundo lejos del banal e infernal ir y venir de cada día. Pero sobre todo, todas y cada una de las gotas de tinta que he gastado en estos escritos, se han llevado consigo pedacitos de un alma torturada y ahora vacía.
Entre letras he vivido, con ellas he crecido, y de la mano de cada nuevo personaje que nacía he avanzado el camino que sola nunca habría sido capaz de recorrer. He viajado hasta el pasado, o hacia el futuro cuando fue necesario. He cruzados charcos, sobrevolado las más altas montañas, conocido a los primeros seres humanos en abrir los ojos en la Tierra, conquistado una constelación, surcado los mares, y he vivido una nueva aventura con cada nueva historia. He dado vida, he matado, he visto amor y he visto odio. He tocado el cielo con la yema de los dedos y me he arrastrado por los más sórdidos rincones del inframundo. He vivido tantas cosas, y a la vez han sido tan pocas.
Todos estos años en compañía de estos trazos, estas letras, estas gotas de tinta, han sido un regalo, el color en un mundo en blanco y negro; y han sido al mismo tiempo la aguja que me ha ido haciendo sangrar a cada segundo que pasaba, a cada esfuerzo frustrado.
Sé que ha llegado la hora de decir adiós, y no puedo más que derramar una lágrima de nostalgia, de arrepentimiento, de derrota. Doy la espalda a todos esos compañeros de viaje y a todos esos mundos donde me han permitido vivir. Ha llegado el momento de dejar secarse la pluma en algún lugar que ya nadie recuerda, de abandonar todos esos manuscritos al olvido.
Ha llegado la hora de dejar en estas líneas mis últimos esfuerzos, lo que quedaba de mi esperanza y mi ilusión, y gastar en ellas la última gota de tinta.
Una sonrisa quebrada adornando su rostro. Unos ojos apagados que se quieren cerrar. Una voz que no quiere pronunciar palabra. Una gota de sangre que recorre desganada cada vena y arteria desde un corazón débil que apenas es capaz de latir a destiempo. Una lágrima de hielo que resbala hasta chocar, impetuosa, contra el suelo.
Dulce cadencia bajo sus dedos, entre un vaivén de recuerdos superpuestos. Abrupto arranque de una voz rota que entre quejidos una melodía entona. Silencio que recoge el sonido de un lamento entretejido de tormento, y unos ojos que se esconden y escuchan en la oscuridad del momento. Unos ojos risueños que se apagan al sonido de la despedida, un alma que se consume entre barrotes opresores.
Libertad que se escapa a reunirse con la CODA, ojos que lloran escondidos y se marchan con la aurora. Nunca deja el corazón hastiado que otro escuche su ritmo pausado, pero esta vez es diferente, esta vez será la última que esos ojos risueños que se enmarcan en un rostro de porcelana olvidada se posen sobre los dedos paseando sobre el marfil. Esta vez será una despedida que termina con una única nota y un suspiro, un último rechinar de la madera a las espaldas de la pianista.
Vuela libre, alma descarriada, vuela libre con el viento, que las teclas de este piano se cubrirán de polvo y estas manos se harán viejas sin escuchar de nuevo su sonido, hasta que tus ojos enrojecidos y tu respirar casi inaudible, tu risa aletargada y tu voz ahora cambiada regresen a esconderse a la espalda de quien te añora.
Cuentan que hace muchos años, tantos que todos los que lo vieron han muerto ya, hubo un ángel que caminaba entre nosotros. Un ángel lleno de humanidad, que reía, cantaba, caminaba, y que como el resto de nosotros, no podía tan solo volar y huir. Un ángel al que le habían cortado las alas.
Dicen que vivía para ayudar, para escuchar, para salvar, que habría insuflado su propio aliento al más desesperado para apartar de él las lenguas oscuras de la tristeza y le habría guiado hasta el fin del mundo, entre pasos tambaleantes y jadeos de agotamiento.
Repiten hasta la saciedad que nunca descansó, que no paró a lamentarse de su propia pérdida ni derramó una lágrima de tristeza en su amarga soledad. Que no vivía para sí, que luchaba por brillar para el camino de los perdidos iluminar, y que nunca se rindió, por duro que pareciera el siguiente paso o por mucho que doliera.
Pensaba que era solo una leyenda hasta que he encontrado la estatua llena de moho de un ángel. Miraba al suelo, triste, y me sorprendí al reconocer facciones femeninas escondidas en la comisura de sus labios. Tal como recogía la leyenda, lucía las grandes alas ganadas al entregar su vida, recuerdo de un sacrificio divino a cambio de una sonrisa humana.
Sonreí y la abracé.
-Gracias -susurré contra la fría piedra tallada.
Como respuesta un latido, un solo tímido y débil latido. El latido del corazón de un ángel. La mirada de un ángel. La sonrisa de un ángel.
¿Quién puede siquiera sufrir o hundirse en la oscuridad tras haber contemplado en su esplendor la vida, la mirada y la sonrisa de un ángel? De ese ángel.
A veces, más de las que quisiera, me sorprendo pensando en ti. Los recuerdos que atesoramos son a veces armas de doble filo. El cielo tiene un azul claro deslumbrante, las nubes bailan con la brisa que remueve mi pelo, pero incluso mi reflejo en el agua del lago me recuerda a ti, y ensombrece mi corazón.
¿Recuerdas el primer día que me viste? Tus ojos perseguían mis dedos cuando jugaban entre mis mechones cobrizos. Tu sonrisa aquel día era nerviosa, las palabras jugaban a traicionarnos y no sabían si acercarnos más o quedarnos donde estábamos. Tu rostro te traicionaba, tornándose del color de la sangre si nos acercábamos demasiado, y habría dado cualquier cosa por no tener que decirte adiós ese día. Aún debes tener mi cariño entre las vértebras dañadas de nuestro primer abrazo.
¿Lo recuerdas? ¿Pueden tus ojos mirar en tu corazón y recordar cómo te sentiste entonces? ¿Puede el hielo que paraliza tus antes cálidos latidos, fundirse ante el calor de un trozo de memoria abandonado?
El lago ha quedado atrás. No quiero ver mi rostro compungido, ni lamentarme por mi propio dolor. Me pregunto si eres capaz de imaginar lo que ha cambiado mi vida desde que te conocí. Me pregunto mientras camino en silencio sin rumbo fijo, si puedes atisbar remotamente la razón de que en mis sueños solo desee regresar a ese día, a ese primer día, a esas sonrisas sinceras y esos nervios inocentes. Dime cómo. Dime cómo pudo apagarse la llama que brillaba en tus ojos, esa que me instaba a sonreír sin importar nada más.
Sus ojos grises se centraron en el pequeño objeto tirado en el suelo. Una pluma de plata con tan solo unos milímetros de tinta en el recambio interno. Había sido muy usada, supuso. No tenía ni idea de cómo había llegado bajo su escritorio, pero decidió probarla. Le gustaba la sensación de la plumilla deslizándose sobre el papel, así que cada día la sacaba del cajón y escribía alguna que otra frase en su papel apergaminado. Semanas más tarde, comprobó con asombro que las frases inconexas parecían tener sentido una tras otra, como si se tratara de pequeñas cuentas de marfil unidas por un fino hilo de seda para conformar juntas un bello collar. Engarzaban a la perfección, cada trazo con el siguiente, de forma que parecían bailar un dulce vals al son de violines empolvados por el paso de los años. Una sonrisa asomó a su rostro, contemplando por primera vez la belleza que había creado con tan solo unas finas láminas de papel y una vieja pluma tirada en el suelo. Acarició la pequeña pluma sucia y la destapó. Se pinchó con la plumilla, y el último resquicio de tinta se quedó en su dedo.
Miró al otro lado de la ventana, viendo caer la espesa y neblinosa lluvia que arreciaba, golpeando con fuerza como si luchara por entrar y poder tocar la belleza de su obra en letras. Sonrió, con una mueca torcida de sus agrietados labios, cruzando los brazos. Nada ni nadie tocaría jamás aquellas líneas que se dibujaban una tras otra en un lienzo de sensaciones encontradas y perdidas. No le importaba que otros dijeran que el arte es un bien universal que debe ser compartido. No le importaba nada que no fuera conservar sobre su escritorio aquellas hojas de papel, a salvo de la mirada de cualquiera.
Línea a línea, letra a letra, había ido depositando su alma en aquella pluma de plata, creando su espíritu la tinta que escribía cada palabra. Su corazón roto, el brillo de sus ojos, el amargor de sus lágrimas, el dulzor de sus sonrisas, el color de sus sueños e ilusiones, estaban todos en esos papeles. Esa era su vida, su esencia y su eterno espíritu. Y no se los entregaría a nadie que no lo mereciera. Porque esas letras de bello sonido serían lo que quedaría cuando su cuerpo yaciera inerte, la vida arrebatada de su ser.
La pluma de plata le había dado el poder de vivir eternamente. La inmortal hazaña de vivir entre letras.
Varios pares de ojos se abrieron al sonido de una carcajada de psicótico placer. Poderosa era la fuerza que los había llevado allí, almas solitarias y pecadoras que necesitaban la redención. Estaban allí para comenzar un viaje a la purificación, un viaje de salvación. Pero un viaje que no habían pedido. Las almas pecadoras que no quieren cambiar son aquellas que se encuentran en mayor pecado, y eso era algo que el Pintor sabía perfectamente. Tenía el poder en su don; en su paleta, su pincel y su lienzo, residía su fuerza. Retratar o imaginar la realidad no era ya bastante para él. Necesitaba una meta, un cometido. Y lo había encontrado en aquellos impuros.
Habría quienes le llamarían loco, quienes le considerarían extremista, o le condenarían por defender abiertamente sus creencias, pero él sabía que Dios le entendería, y premiaría su esfuerzo y sacrificio al llevarle a tantas ovejas descarriadas de su redil al establo de las llamas redentoras y purificantes. Era una tarea difícil, pero insignificante para el Pintor que, pincel y paleta en mano, representa en el lienzo el rojo fuego que lame la carne del pecado. Horas después de trabajo con rojos y marrones, naranjas y negros, es el momento de enviar a las ánimas al lugar donde podrán convertirse en personas de Dios. La carne sufridora se torna roja en el lienzo, al contacto con las llamas. Los gritos de los pecadores, surcando la liberación, resuenan en la cabeza del Pintor, como voces de ángeles caídos, como la voz de Satanás. El Pintor rió. El Maligno ya no podría tocar y corromper las almas que él había salvado.
El movimiento del pincel fue transportando a los pecadores al Purgatorio, conforme sus cuerpos fueron apareciendo retratados entre las lenguas de rojo fuego del mundo entre el Cielo y el Infierno. Los recién llegados parecían empujar sin remedio a los más veteranos lejos de la visión del propio Pintor, viéndose tan solo sus compungidos rostros, como tapados por un velo de indiferencia.
El último grupo de elegidos por el Pintor para ser salvados se removía contra las ataduras que los mantenían amordazados y prisioneros. Uno a uno, fueron liberados momentáneamente para poder llevar sin impedimentos las ánimas atrapadas entre los brazos del Demonio hacia la redención. Los gritos se dejaron de oír finalmente, y el Pintor dio los últimos toques a su cuadro, preciado entre sus numerosas obras.
El Pintor se lavó las manos y contempló los cuerpos yacentes, suplicantes, empujándose los unos a los otros entre las llamas del Purgatorio. Sonrió.
Unidad de Conservación y Restauración de Bienes.
A día 19 de Abril del año 1998, los técnicos del equipo han realizado una restauración rutinaria a las obras de la Sala. En los análisis a la obra del año 1636 hemos encontrado materiales inéditos en la composición del cuadro. Se ha detectado material genético de al menos medio centenar de personas. Lo más llamativo: el predominante color rojo en toda la composición no es una mezcla al óleo, como se pensaba originariamente, sino pura sangre. El caso requerirá una investigación, por lo que la obra será retirada de la exposición permanente del Museo de Bellas Artes.
Mi novio vive siempre con la nariz metida en un maldito moleskine rojo. Creo que pueden tirar una bomba a sus pies que en vez de levantar la vista, escribiría un relato sobre ello. No es que me moleste, pero podría prestarme un poco de atención de vez en cuando. Ni siquiera sé por qué me molesto en quedar con él, si sé que no va a mirarme siquiera. Ni a mí ni a nadie.
Estamos paseando por un bonito parque. El lugar es precioso, pero él ni siquiera se ha dado cuenta de dónde está. No se ha dado cuenta de que va directo al lago poblado de patos. Me he parado hace rato a sus espaldas, pero tampoco se ha percatado. No pienso avisarle. El susto que se van a llevar los patos será para escribir un relato.
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