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Huellas en el camino

Publicado por Hola Holita, Vecinillo , jueves, 8 de agosto de 2013 13:29

    Sin previo aviso y a mitad de camino, los pasos de quienes la acompañaban pararon en seco, llevadas por el miedo y el cansancio, la fatiga de la lucha. Apenas se dio cuenta antes de haber recorrido un estrecho y angosto sendero a solas. “No volveré la vista atrás, jamás”, se había dicho al partir, y así había hecho hasta entonces. Siempre hacia adelante, siempre sin detenerse. Cada músculo de su cuerpo había gritado hasta que sus oídos no habían podido percibir otro sonido, hacía tiempo que se había quedado sin lágrimas, que los recuerdos ya no conseguían herirla de tan gastado como tenía el corazón.
    El sonido de dos pares de pies fue sustituido por el de un solo par, pesado, cansado, decidido a seguir avanzando. Podría haberse derrumbado cada vez que alguien la había abandonado, podría haber desistido y haberse parado, podría haber vuelto sobre sus talones y revertir el camino que llevaba siguiendo tanto tiempo. Podría, pero no lo había hecho, y por ello no lo haría jamás. Otros podían haberse derrumbado, podían haber desistido y haberse parado, podían haber vuelto sobre sus talones. Pero no ella. No ella.
    Caminando en silencio, siempre en silencio, ocupado el vacío con sus propios pensamientos, había recorrido espacio y tiempo, a un lado y otro de la línea, había jugado con fuego, reído y llorado a la luz de la luna y atrapado las estrellas en sus suspiros de melancolía. Había construido con sus pasos un camino a través de dos mundos tan diferentes como incompatibles, había luchado contra las sombras y el reflejo de la muerte en sus pupilas, había combatido la esencia misma del ser humano, y había vencido.
    Aquella mujer no huía, aquella mujer buscaba. Buscaba en los confines de la realidad, las huellas en el camino que tiempo atrás habían dejado para ella. Buscaba las huellas en el camino de un viajero del tiempo perdido entre las redes de su propia esencia. Sin descanso, sin vuelta atrás.
    La mujer que había muerto y había vuelto para esperar.

La pluma de plata

Publicado por Hola Holita, Vecinillo , miércoles, 11 de abril de 2012 17:29

    Sus ojos grises se centraron en el pequeño objeto tirado en el suelo. Una pluma de plata con tan solo unos milímetros de tinta en el recambio interno. Había sido muy usada, supuso. No tenía ni idea de cómo había llegado bajo su escritorio, pero decidió probarla. Le gustaba la sensación de la plumilla deslizándose sobre el papel, así que cada día la sacaba del cajón y escribía alguna que otra frase en su papel apergaminado. Semanas más tarde, comprobó con asombro que las frases inconexas parecían tener sentido una tras otra, como si se tratara de pequeñas cuentas de marfil unidas por un fino hilo de seda para conformar juntas un bello collar. Engarzaban a la perfección, cada trazo con el siguiente, de forma que parecían bailar un dulce vals al son de violines empolvados por el paso de los años. Una sonrisa asomó a su rostro, contemplando por primera vez la belleza que había creado con tan solo unas finas láminas de papel y una vieja pluma tirada en el suelo. Acarició la pequeña pluma sucia y la destapó. Se pinchó con la plumilla, y el último resquicio de tinta se quedó en su dedo.
 
    Miró al otro lado de la ventana, viendo caer la espesa y neblinosa lluvia que arreciaba, golpeando con fuerza como si luchara por entrar y poder tocar la belleza de su obra en letras. Sonrió, con una mueca torcida de sus agrietados labios, cruzando los brazos. Nada ni nadie tocaría jamás aquellas líneas que se dibujaban una tras otra en un lienzo de sensaciones encontradas y perdidas. No le importaba que otros dijeran que el arte es un bien universal que debe ser compartido. No le importaba nada que no fuera conservar sobre su escritorio aquellas hojas de papel, a salvo de la mirada de cualquiera.
    Línea a línea, letra a letra, había ido depositando su alma en aquella pluma de plata, creando su espíritu la tinta que escribía cada palabra. Su corazón roto, el brillo de sus ojos, el amargor de sus lágrimas, el dulzor de sus sonrisas, el color de sus sueños e ilusiones, estaban todos en esos papeles. Esa era su vida, su esencia y su eterno espíritu. Y no se los entregaría a nadie que no lo mereciera. Porque esas letras de bello sonido serían lo que quedaría cuando su cuerpo yaciera inerte, la vida arrebatada de su ser.
    La pluma de plata le había dado el poder de vivir eternamente. La inmortal hazaña de vivir entre letras.

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