Te preguntas por qué paso las horas de la noche entre acordes y papeles, tinta y mensajes olvidados. Y la respuesta es tan sencilla que no entiendo cómo se ha podido escapar de las redes de tu entendimiento. Si cierro los ojos, si me rindo al sueño, pierdo el control. ¿Sabes lo que hay más allá de mis ojos cerrados? A un lado oscuridad, movimientos que pasan desapercibidos a mis sentidos, voces sin rostro; al otro lado, pesadillas.
Y es que cuando recuerdas dos vidas en tu corta existencia, cuando la muerte no pudo frenar tus recuerdos, te devoran las pesadillas. Las pesadillas de lo que hiciste y no debiste haber hecho, las que te muestran lo que nunca fue y pudo ser, las que consumen tus sentimientos y tu luz, y las que te llevan una y otra vez a donde ya no puedes ir junto a quienes ya no puedes estar.
En algún lugar de la existencia, no sé si en el pasado, el presente o el futuro, en algún lugar de esta realidad y de todas las realidades, todos mis miedos se congregan y se unen, se abastecen y devoran unos a otros, crecen, se consumen, toman el poder.
Si cierro los ojos, me atraparán, sé que lo harán. Si cierro los ojos jamás podré escapar.
Sin previo aviso y a mitad de camino, los pasos de quienes la acompañaban pararon en seco, llevadas por el miedo y el cansancio, la fatiga de la lucha. Apenas se dio cuenta antes de haber recorrido un estrecho y angosto sendero a solas. “No volveré la vista atrás, jamás”, se había dicho al partir, y así había hecho hasta entonces. Siempre hacia adelante, siempre sin detenerse. Cada músculo de su cuerpo había gritado hasta que sus oídos no habían podido percibir otro sonido, hacía tiempo que se había quedado sin lágrimas, que los recuerdos ya no conseguían herirla de tan gastado como tenía el corazón.
El sonido de dos pares de pies fue sustituido por el de un solo par, pesado, cansado, decidido a seguir avanzando. Podría haberse derrumbado cada vez que alguien la había abandonado, podría haber desistido y haberse parado, podría haber vuelto sobre sus talones y revertir el camino que llevaba siguiendo tanto tiempo. Podría, pero no lo había hecho, y por ello no lo haría jamás. Otros podían haberse derrumbado, podían haber desistido y haberse parado, podían haber vuelto sobre sus talones. Pero no ella. No ella.
Caminando en silencio, siempre en silencio, ocupado el vacío con sus propios pensamientos, había recorrido espacio y tiempo, a un lado y otro de la línea, había jugado con fuego, reído y llorado a la luz de la luna y atrapado las estrellas en sus suspiros de melancolía. Había construido con sus pasos un camino a través de dos mundos tan diferentes como incompatibles, había luchado contra las sombras y el reflejo de la muerte en sus pupilas, había combatido la esencia misma del ser humano, y había vencido.
Aquella mujer no huía, aquella mujer buscaba. Buscaba en los confines de la realidad, las huellas en el camino que tiempo atrás habían dejado para ella. Buscaba las huellas en el camino de un viajero del tiempo perdido entre las redes de su propia esencia. Sin descanso, sin vuelta atrás.
La mujer que había muerto y había vuelto para esperar.
-¡Corre! -gritó, pero su voz quedó silenciada bajo el ensordecedor estallido de una granada de mano lanzada por el enemigo. La cercanía de la explosión le empujó de cara contra el suelo, quebrándose su máscara de gas. Se la quitó lo más rápido que pudo, tratando de recuperar el equilibrio mientras un fuerte pitido mermaba su capacidad auditiva.
-¡Chico! -llamó, tanteando el suelo con las manos, buscando una fuerza que no tenía para levantarse y seguir luchando.
No podía ver más que siluetas ni escuchar más que los quejidos de sus compañeros. Buscaba entre la polvareda unos cabellos ahora grisáceos que, antes de haber sido enterrados entre suciedad y miedo, habían sido del rojo intenso de una fogata ardiendo en el frío silencio de la noche. La tierra tembló bajo su cuerpo con la inminencia de un nuevo ataque. Entre temblores y sacudidas consiguió ponerse en pie, a duras penas, y avanzar entre la polvareda. Tosía descontroladamente y agitaba las manos en vano tratando de encontrar sano y salvo al chico.
Cuando poco después la polvareda empezó a disiparse y los ojos azules inyectados en sangre fueron capaces de poner nombre a las siluetas que se dibujaban a su alrededor, sintió clavarse en su nuca los numerosos ojos enemigos que los habían estado acechando durante días. Estaban bajo su mira, indefensos y sin posibilidad de escapar. Pensó en correr, en huir, en suplicar, pero sabía con total certeza que nada de eso le mantendría con vida más que unos segundos.
Recordó a su esposa, a sus dos hijos que esperaban allá muy lejos, al otro lado del charco. Agradeció a Dios que no tuvieran que sufrir aquella guerra, aquella pobreza y aquel hambre, la desesperación y la desesperanza que todos ellos habían visto y vivido desde que pusieron un pie en Europa. Aquella no era su guerra, no era la guerra de su patria, pero lo había entendido demasiado tarde para echarse atrás y volver a casa. Dedicó un sentido pensamiento al chico que le había acompañado durante el viaje, que le había hecho más fácil el vacío que sentía, que había sido como un hijo, y pidió que se acabaran para él la pobreza y el hambre, la desesperación y la desesperanza. Era demasiado joven para sufrir tanto como ya había sufrido.
No pudo entender las órdenes de los enemigos, ni le hacía falta para saber que había llegado su fin. Pronto la tierra se bañó de la sangre de sus camaradas, el aire se llenó de sus gritos de dolor.
Solo derramó una lágrima cuando sintió aquel intenso frío atravesándole el pecho, no gritó ni se revolvió cuando perdió el control de su cuerpo. No maldijo a sus asesinos con sus escasas fuerzas, ni deseó su derrota. Solo deseó haber podido ver una vez más a su familia, decirles que murió por ellos, para asegurarles un futuro en el que no hubiera más muertes en vano por guerras sin sentido, un futuro en el que pudieran estar a salvo.
En el fragor de la batalla, o más bien de la matanza, pudo distinguir aquellos cabellos rojo fuego, aún con vida, aún a salvo. Entonces y solo entonces cerró los ojos, gastando entre recuerdos su último aliento. La guerra había acabado para él.
Hace seis años que nos despedimos amargamente de la persona que te amó toda su vida. Estuviste a su lado a pesar de todo, de los malos ratos, los esfuerzos malgastados y los llantos a escondidas. Lo diste todo a pesar de que sus ojos no eran capaces de reconocer en ti a la mujer de su vida, y de que sus palabras antes sensatas habían sido transformadas en la visión de una loca mente enferma. Nunca apartaste tu mano, y tu rostro irreconocible para él fue lo último que quedó grabado en su mente antes de cerrar los ojos por última vez.
Fuiste fuerte entonces, fuiste fuerte en la soledad, y más fuerte eres ahora que tú misma te enfrentas a la muerte. Ha querido el Destino jugar contigo de manera cruel y llevarte ante el tribunal de la Parca de la misma forma que se lo llevó a él. La misma enfermedad corrompe tus entrañas y te intenta arrancar segundo a segundo la vitalidad de que presumías. De nuevo cara a cara con la enfermedad sin cura, permaneces fuerte, de pie, haciendo frente al embate que te golpea. De nuevo cara a cara con la rocambolesca visión de la corrupción y la debilidad de la humanidad, te has hecho fuerte y has luchado.
Sabes que, igual que él tuvo tu mano como apoyo y nuestro amor hasta el final, jamás nos separaremos de tu lado. Seremos, todos nosotros que te queremos, el bastón que te ayude a caminar, la cama que te ayude a descansar, la mano que te acompañe en la batalla. Porque aunque tú tengas que luchar, nosotros no te abandonaremos a tu suerte.
Sé fuerte, un poco más, y demuéstrale a esa enfermedad manejada por el Destino que esta batalla no puede ganarla y que saldrás victoriosa entre abrazos y besos de todos los que te queremos.
No te rindas, abuela.