Sin previo aviso y a mitad de camino, los pasos de quienes la acompañaban pararon en seco, llevadas por el miedo y el cansancio, la fatiga de la lucha. Apenas se dio cuenta antes de haber recorrido un estrecho y angosto sendero a solas. “No volveré la vista atrás, jamás”, se había dicho al partir, y así había hecho hasta entonces. Siempre hacia adelante, siempre sin detenerse. Cada músculo de su cuerpo había gritado hasta que sus oídos no habían podido percibir otro sonido, hacía tiempo que se había quedado sin lágrimas, que los recuerdos ya no conseguían herirla de tan gastado como tenía el corazón.
El sonido de dos pares de pies fue sustituido por el de un solo par, pesado, cansado, decidido a seguir avanzando. Podría haberse derrumbado cada vez que alguien la había abandonado, podría haber desistido y haberse parado, podría haber vuelto sobre sus talones y revertir el camino que llevaba siguiendo tanto tiempo. Podría, pero no lo había hecho, y por ello no lo haría jamás. Otros podían haberse derrumbado, podían haber desistido y haberse parado, podían haber vuelto sobre sus talones. Pero no ella. No ella.
Caminando en silencio, siempre en silencio, ocupado el vacío con sus propios pensamientos, había recorrido espacio y tiempo, a un lado y otro de la línea, había jugado con fuego, reído y llorado a la luz de la luna y atrapado las estrellas en sus suspiros de melancolía. Había construido con sus pasos un camino a través de dos mundos tan diferentes como incompatibles, había luchado contra las sombras y el reflejo de la muerte en sus pupilas, había combatido la esencia misma del ser humano, y había vencido.
Aquella mujer no huía, aquella mujer buscaba. Buscaba en los confines de la realidad, las huellas en el camino que tiempo atrás habían dejado para ella. Buscaba las huellas en el camino de un viajero del tiempo perdido entre las redes de su propia esencia. Sin descanso, sin vuelta atrás.
La mujer que había muerto y había vuelto para esperar.
Como un artista con su paleta, el mundo se dibuja a sí mismo con colores. Sobre la tierra marrón y la verde hierba fresca que pisan tus pies se extiende la bóveda celeste. El dorado del Sol se esconde a veces bajo el gris ennegrecido de las nubes que traen con ellas la fresca lluvia, y hay momentos en que ambos dibujan en el firmamento todos los colores juntos, todos los colores en armonía, y el arcoiris se pasea frente a nuestros ojos. En el negro de la noche brilla la Luna de plata, rodeada de estrellas de un blanquecino brillo parpadeante. Cada segundo hay cientos de miles de rosadas vidas en el mundo. Vidas rosadas que reciben flores lilas, amor con flores rojas, habitaciones blancas o verdes donde el color parece perder vida. Y la Muerte, la que siempre hemos creído ser reina de la oscuridad, la Parca vestida de negro, no lo es tal. No es más que un simple momento en que el color cambie y se pierde. El rojo de tu sangre se emblanquece, tus ojos se oscurecen y languidecen, tus labios pierden el sonrosado que tuvieron desde el primer momento de tu vida y el aliento se te escapa entre ellos. Arrancado de tu cuerpo el elemento de la vida, una vez que ha fluído de tu cuerpo el aliento, tu piel por un momento tiene ese color, antes de quedarse fría y pálida y muerta. Así es la Muerte al fin y al cabo. De color azul.