Un mundo de tinta
Publicado por Hola Holita, Vecinillo , viernes, 3 de mayo de 2013 16:25
Los años han pasado deslizándose con sigilo por entre estos trazos torpes con los que he tratado de dar vida a la esperanza y el dolor, el reflejo de lo deseado y el temor hacia lo desconocido, la vida y la muerte, llenando las páginas de la historia de mi vida. Cada nueva hoja ha sido un nuevo mundo de colores etéreos que me acarició hasta llevarme a la extenuación. Cada nueva línea ha sido un billete a un mundo lejos del banal e infernal ir y venir de cada día. Pero sobre todo, todas y cada una de las gotas de tinta que he gastado en estos escritos, se han llevado consigo pedacitos de un alma torturada y ahora vacía.
Entre letras he vivido, con ellas he crecido, y de la mano de cada nuevo personaje que nacía he avanzado el camino que sola nunca habría sido capaz de recorrer. He viajado hasta el pasado, o hacia el futuro cuando fue necesario. He cruzados charcos, sobrevolado las más altas montañas, conocido a los primeros seres humanos en abrir los ojos en la Tierra, conquistado una constelación, surcado los mares, y he vivido una nueva aventura con cada nueva historia. He dado vida, he matado, he visto amor y he visto odio. He tocado el cielo con la yema de los dedos y me he arrastrado por los más sórdidos rincones del inframundo. He vivido tantas cosas, y a la vez han sido tan pocas.
Todos estos años en compañía de estos trazos, estas letras, estas gotas de tinta, han sido un regalo, el color en un mundo en blanco y negro; y han sido al mismo tiempo la aguja que me ha ido haciendo sangrar a cada segundo que pasaba, a cada esfuerzo frustrado.
Sé que ha llegado la hora de decir adiós, y no puedo más que derramar una lágrima de nostalgia, de arrepentimiento, de derrota. Doy la espalda a todos esos compañeros de viaje y a todos esos mundos donde me han permitido vivir. Ha llegado el momento de dejar secarse la pluma en algún lugar que ya nadie recuerda, de abandonar todos esos manuscritos al olvido.
Ha llegado la hora de dejar en estas líneas mis últimos esfuerzos, lo que quedaba de mi esperanza y mi ilusión, y gastar en ellas la última gota de tinta.
Sus ojos grises se centraron en el pequeño objeto tirado en el suelo. Una pluma de plata con tan solo unos milímetros de tinta en el recambio interno. Había sido muy usada, supuso. No tenía ni idea de cómo había llegado bajo su escritorio, pero decidió probarla. Le gustaba la sensación de la plumilla deslizándose sobre el papel, así que cada día la sacaba del cajón y escribía alguna que otra frase en su papel apergaminado. Semanas más tarde, comprobó con asombro que las frases inconexas parecían tener sentido una tras otra, como si se tratara de pequeñas cuentas de marfil unidas por un fino hilo de seda para conformar juntas un bello collar. Engarzaban a la perfección, cada trazo con el siguiente, de forma que parecían bailar un dulce vals al son de violines empolvados por el paso de los años. Una sonrisa asomó a su rostro, contemplando por primera vez la belleza que había creado con tan solo unas finas láminas de papel y una vieja pluma tirada en el suelo. Acarició la pequeña pluma sucia y la destapó. Se pinchó con la plumilla, y el último resquicio de tinta se quedó en su dedo.
Miró al otro lado de la ventana, viendo caer la espesa y neblinosa lluvia que arreciaba, golpeando con fuerza como si luchara por entrar y poder tocar la belleza de su obra en letras. Sonrió, con una mueca torcida de sus agrietados labios, cruzando los brazos. Nada ni nadie tocaría jamás aquellas líneas que se dibujaban una tras otra en un lienzo de sensaciones encontradas y perdidas. No le importaba que otros dijeran que el arte es un bien universal que debe ser compartido. No le importaba nada que no fuera conservar sobre su escritorio aquellas hojas de papel, a salvo de la mirada de cualquiera.
Línea a línea, letra a letra, había ido depositando su alma en aquella pluma de plata, creando su espíritu la tinta que escribía cada palabra. Su corazón roto, el brillo de sus ojos, el amargor de sus lágrimas, el dulzor de sus sonrisas, el color de sus sueños e ilusiones, estaban todos en esos papeles. Esa era su vida, su esencia y su eterno espíritu. Y no se los entregaría a nadie que no lo mereciera. Porque esas letras de bello sonido serían lo que quedaría cuando su cuerpo yaciera inerte, la vida arrebatada de su ser.
La pluma de plata le había dado el poder de vivir eternamente. La inmortal hazaña de vivir entre letras.
Mi novio vive siempre con la nariz metida en un maldito moleskine rojo. Creo que pueden tirar una bomba a sus pies que en vez de levantar la vista, escribiría un relato sobre ello. No es que me moleste, pero podría prestarme un poco de atención de vez en cuando. Ni siquiera sé por qué me molesto en quedar con él, si sé que no va a mirarme siquiera. Ni a mí ni a nadie.
Estamos paseando por un bonito parque. El lugar es precioso, pero él ni siquiera se ha dado cuenta de dónde está. No se ha dado cuenta de que va directo al lago poblado de patos. Me he parado hace rato a sus espaldas, pero tampoco se ha percatado. No pienso avisarle. El susto que se van a llevar los patos será para escribir un relato.
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