Luna llena.
Cielo estrellado.
Campo abierto.
De nuevo solos. Tú y yo. Otra vez los dos. Tus ojos azules brilla como nunca antes había visto.
-No deberías haber venido.- Sonríes. Miras hacia atrás, como si esperases a alguien.
-Lo sé.- Es lo único que puedo decir. No nos movemos. Me miras fijamente.
-Pero aquí estás.-Tu pelo, negro como el carbón, ondea con el viento, haciendo que tu piel, blanca como la luna, resalte en la oscuridad de la noche.
-Lo sé.- Acierto a repetir. No puedo decir nada más, mi mente está en blanco.
-Sabes lo que pasará ahora.- Su vestido, blanco como la nieve, hace que parezca una criatura espectral, con una belleza sobrenatural. Se acerca lentamente a mí. Doy un paso atrás, asustado, pero me recuerdo a mí mismo la causa por la que estoy aquí.
-Lo sé.- Digo, esta vez con más seguridad en mí mismo. Me obligo a quedarme quieto. Ella avanza hacia mí, pausadamente, sin prisas. Cuando apenas quedan centímetros entre nosotros, para. La miro un segundo a los ojos. Y entonces... Ocurre lo inevitable.
Sol radiante.
Cortinas ondeando.
Pitido constante.
Abro los ojos con dificultad. Hay una chica esperándome. Espera... Me suena de algo... ¡Claro! Es la chica de ayer. Intento moverme, pero no puedo.
-Ahora ya puedo irme. Pero volveré.- Cierro los ojos. Escucho unas pisadas que se alejan. Ya se ha marchado. El cuerpo me pesa, es como si no pudiese moverme. Escucho una risa alegre. Se me olvidaba... Ella no recordará nada. Esa era una de las condiciones que puse para seguir adelante con el trato.
-¡Hola!- Dice mientras entra. Se acerca a mi cama y sonríe alegremente. La miro y no puedo hacer más que sonreír. Nunca antes había visto ese brillo en su mirada.
-Hola pequeña...- Sonrío tiernamente.- ¿Qué has hecho hoy?- Ella se sienta a mi lado y me coge la mano, aunque yo no lo noto.
- Hoy he jugado al volley. Ha sido genial.- La veo sonreír mientras lo cuenta, pero entonces su sonrisa se vuelve triste.- Ojalá pudieras jugar con nosotros...
-Ya sabes que eso es imposible.- No quiero verla triste. Todo esto lo he hecho por ella, ahora solo tiene que ser feliz. Cada vez me cuesta más respirar. Me cuesta trabajo hablar.
-Sabes... Me gustaría estar en tu lugar...- No digas eso. No lo digas, pequeña... Sólo sé feliz, por ti he hecho esto, así que ni se te ocurra pensar eso...
-Diviértete... Sé feliz...- Cada vez me cuesta más hablar. Está llegando el momento, y sé que ella lo nota...
-Hermano...- Se le escapa un sollozo. Me gustaría tanto poder abrazarla. Pero mi cuerpo no reacciona, no puedo controlarlo.
-Prométeme...- Trago saliva, intentando que las palabras, pero apenas puedo decir una frase sin asfixiarme..- Prométeme que serás feliz... Disfrutarás cada día... Como si fuese el último... Vivirás... Como si no hubiese mañana...- Cierro los ojos. No me quedan apenas fuerzas...
-Te lo prometo...- Otro sollozo se le escapa...- Si pudiera... Me cambiaría por ti...- Lo sé... Sé que lo harías... Como yo lo he hecho por ti... Pierdo las fuerzas. Mi cuerpo hace mucho que dejó de pertenecerme. Ya no me obedece. Mis pulmones apenas funcionan. Y parece que mi corazón está cansado. Parece que ya no quiere latir más. Abro los ojos y la miro por última vez. Después los cierro. Una imagen viene a mi cabeza...
6 meses atrás.
Estoy sentado en el sofá. Mi madre llega. No puede evitar las lágrimas. Ha hablado con el doctor. Mi hermana está enferma. Es una enfermedad terminal. La esperanza de vida es de 3 meses. La enfermedad va apoderándose poco a poco de tu cuerpo, Primero no notas los pies, luego apenas puedes doblar las rodillas. Llega un momento en el que ataca a los pulmones y al corazón. O mueres asfixiado, o tu corazón deja de latir, lo que llegue antes... No hay cura.
Esta imagen es acompañada de otra, un poco más reciente...
4 meses atrás.
La enfermedad está haciendo mella en ella de un modo más rápido del que creíamos. Está tumbada en una cama, ya no puede andar. Apenas puede mover ya las manos. Pero aún así, cada vez que estoy con ella, tiene una sonrisa en la cara. A pesar de todo, siempre me regala una sonrisa al verme. Comemos juntos. Hablamos de lo que he hecho en el día. Ella me pide que le cuente con todo detalle, me cuenta las ganas que tiene de jugar, correr, saltar... pero nunca más podrá hacerlo. Me cuesta mucho sonreír, pero me obligo a hacerlo, al igual que ella lo hace.
Imágenes de estos últimos meses van intercalándose, pero llega un momento en el que solo se repiten las mismas 3 imágenes...
1 mes atrás.
Está mal. Muy mal. Apenas respira. Apenas sonríe. Ya no tiene fuerzas para hacerlo. Está en casa, pero tiene un monitor que cuenta sus latidos. Cada vez son menos, más lentos, más tranquilos... No puedo soportarlo... Solo quiero ayudarla. Quiero que sea feliz. Salgo a pasear por el bosque, a pesar de que es de noche. Miro al cielo, y le ruego a la luna y a las estrellas que la ayuden. Si tan solo pudiera cambiarme por ella... Entonces, aparece una chica. Ojos azules, piel blanca, pelo negro. Se acerca y solo sonríe. Ha escuchado mi plegaria.
Hace 1 semana.
-Tienes que prometerme algo.- Le pido. Me miro con cara de superioridad.
-Estás hablando con la Luna misma... Yo no hago promesas.- Pero a pesar de todo, sé que me escuchará.
-Cuando ocurra... Prométeme que no recordará nada... Es como si... Siempre hubiese sido yo...
-Eso tiene un precio... Si de verdad quieres eso...- Duda unos instantes, como si tuviera una discusión interna.- Pronto... Muy pronto... Cuando te despidas de todos, cuando vayas a marcharte... Vendré a por ti... Has decidido ocupar su puesto, pero a cambio, pasarás a formar parte del cielo. Cuando te marches de este mundo, vendrás al nuestro, y serás otro más de mis súbditos...- Una estrella. Eso es lo que quiere decir. Seré una estrella.
-Está bien.-Y así, cerramos el trato.
Ayer.
-No sabemos cuando ocurrirá, pero no creo que dure mucho.- El médico solo sabe decir eso, pero yo estoy seguro de que no pasará de esta noche. Es el momento de sellar el trato. Es el momento de llevarlo a cabo. Salgo al bosque. Tengo que esperar hasta que sea de noche. Entonces, vendrá Luna. Me ayudará. La salvará a ella. Hará un intercambio. Mi hermana estará sana, y yo ocuparé su puesto. Será como si siempre hubiese sido así. Podrá vivir y yo ocuparé su lugar. Yo... Moriré por ella...
Las imágenes cesan. Y después... No hay nada.
Capítulo
19
No puedo mirarle a la cara sin sentirme culpable. Han pasado
tres días desde que le conté que el estaba semi-muerto. Por tanto,
también han pasado tres días desde que me enteré que soy la
culpable de que él esté aquí. Desde entonces, él me trata mejor
que antes. Las horas se hacen muy largas, no tenemos necesidades
humanas como comer o dormir, y el a veces me pregunta cosas que no sé
responder, pero aún así, solemos pasar el tiempo juntos. Ya no
peleamos, y me doy cuenta de que muchas veces me mira con pena cuando
cree que no le estoy mirando. Eso es lo que más me molesta. Soy la
culpable de su estado, y él solo sabe tratarme como si fuese una
reina, como si todo fuese culpa suya. Intento hablar con él lo menos
posible, y cuando me pregunta, le respondo lo más escuetamente
posible, incluso intento responder de mala manera, esperando que así,
tal vez, me odie, pues es lo único que me merezco. Pero parece que,
cada vez que soy borde con él, su sonrisa se ensancha aún más. No
lo entiendo, no puedo comprender porqué me trata así. No lo
merezco.
Capítulo
18
Noto como ella se tensa en mis brazos, pero no la suelto. No
puedo. Siento la necesidad de protegerla, de darle toda la ayuda que
no recibió durante esos 4 meses. En un principio pensé que era
mentira, pero recordaba algunos recortes de periódicos con datos
sobre la investigación, y, aún más, recuerdo perfectamente el
parque que ella describía. Era el parque en el que jugaba con mi
hermano de pequeño. Era la cueva donde me escondía. Era el parque
donde tuve el accidente. Justo en sus puertas, quise esquivar un
coche de policía y caí. Además, aún recuerdo perfectamente esa
frase. <<Hemos encontrado su cadáver, avisad a la familia.>>
No puede ser una coincidencia. Es ella. Ella es a la que encontraron
en el parque el día de mi accidente.
Capítulo
17
Vale, creo que la he cagado, porque la cara que tiene puesta
ahora mismo Mike es todo un poema. Intento arreglarlo como
sea.
-Bueno, solo estás medio.-Digo medio tartamudeando.
-¿Medio
qué?.-Consigue balbucear débilmente.
-Que solo estás medio
muerto.-Digo intentando recordar las palabras que me había dicho
Momoko.- Estás aquí porque estás en un estado en el que no estás
muerto, pero tampoco estás lo que se dice... vivo.-Digo intentando
hacerme entender, aunque por la cara que tiene puesta, creo que
todavía está intentando asimilar lo primero que he dicho. Entonces,
de pronto, pega una carcajada tan fuerte que incluso me asusto. Tal
vez se ha vuelto loco, o que otra vez le estaba pasando algo
raro.
<<Una
joven muchacha sentada en una roca. Una muchacha que espera a su
amado. Que sigue esperando. Su memoria no recuerda ya otra cosa. Ha
pasado mucho tiempo, pero ella sigue ahí, sentada, esperando. Espera
por su amado. Aquel que la cubrió con un manto lleno de flores.
Aquel que le regaló sonrisas. Aquel que le prometió un futuro
juntos. Aquel que dijo de verse aquella noche en aquella piedra.
Aquel que la engañó. Aquel que la mató.
Ella sigue sentada,
esperando como una ilusa a que su amado vaya a rescatarla. Y seguirá
esperando por el resto de los siglos.>>
Capítulo
16
- Todo ha ido bien. De momento, permanece estable dentro de la
gravedad. Esperamos que pronto se note alguna mejoría, mientras
tanto, volverá a su habitación habitual.- El matrimonio respira
tranquilo, y la mujer no puede evitar que unas cuantas lágrimas
caigan sin poder evitarlo. Está bien. Sigue en coma, pero eso para
ella ya no es tan grave, comparado con las horas que acaba de vivir.
Ve como las enfermeras sacan la camilla de su hijo. No puede evitar
ver como una parte de su cabeza ha sido rapada al cero para así
poder operar. Ve la cicatriz que cubre esa parte, y más lágrimas se
derraman sin control. Coge de la mano a su marido, y mientras camina
hacia la habitación de su hijo, se promete ser fuerte. Por ella y
por su hijo. Se lo debe. Esperará cuanto tiempo haya que esperar,
porque algún día, su hijo
despertará.
Este relato lo escribí mientras escuchaba una canción que me inspiraba. Os recomiendo que la escuchéis mientras leéis. http://www.youtube.com/watch?v=BoNZMlYtBC0&feature=fvwp&NR=1
Capítulo
15
No paro de correr. Intento encontrarlo. Momoko y yo nos hemos
separado, para intentar encontrarlo lo más rápido posible. Corro
tanto como puedo. Las lágrimas caen sin control por mis mejillas.
¿Qué he hecho? Prácticamente es como si yo lo estuviese condenando
a muerte. Yo me alejé de él, aun cuando tenía que cuidarlo
mientras estuviese aquí. Ahora, si muere, será por mi culpa. Porque
no lo ayudé en su momento. ¿Por qué no le dije nada de su
situación?
Tropiezo y caigo al suelo. Lloro sin poder pararlo.
Estoy tan perdida. No sé quién soy, no sé que parte de mí sigue
conmigo y cuál se quedó con mi cuerpo arriba. ¿Cómo puedo ayudar
a alguien si no puedo ayudarme a mí misma? ¿Cómo pretenden que le
ayude?
Capítulo
14
Un matrimonio se encuentra sentado en un pasillo del hospital,
mirando a unas puertas con una señal iluminada arriba que indica que
el quirófano está ocupado. La mujer, está apoyada en el hombro de
su marido, que intenta consolarla sin saber muy bien que
hacer.
Dentro de quirófano, cinco personas trabajan sin descanso.
Dos de ellos, doctores, que intentan con ayuda de sus utensilios
parar la hemorragia interna. Para ello, necesitan gran precisión y,
por supuesto, la ayuda de sus tres enfermeras. Dos de ellas están
allí para limpiar el sudor de los doctores y ayudarles en la
operación. Otra está encargada de controlar el monitor cardíaco y
de limpiar los utensilios para desinfectarlos. Normalmente, no se
utiliza a tanto personal de enfermería para operar, pero esta
operación es extremadamente delicada, cualquier error puede ser
mortal. Los doctores comparten miradas con las enfermeras, miradas
que todos comprenden. Saben el gran riesgo que existe, y trabajan en
silencio, solo siendo acompañados por un pitido que resuena en todo
la sala. Un pitido que, en vez de ponerlos nerviosos como pasaría a
otras personas, les tranquiliza pues eso indica que, de momento, todo
va bien.
Capítulo
13
Ahora que por fin estaba sola era el momento de intentar
contactar con Momoko para que me ayudase. Aunque no estaba muy segura
de como hacerlo. Se suponía que pensando en ella establecería una
“conexión mental”. Intenté recordar todos los detalles posibles
de ella. Recordé su pelo color de trigo, y sus ojos color de miel, y
esa expresión infantil en su rostro. Dibujé su imagen en mi mente.
Me concentré al máximo en su figura, en intentar hablar con ella.
Entonces, ante mí, se abrió un “agujero negro”. O al menos, eso
parecía, salvo por la diferencia de que no intentaba absorberme o
algo parecido. De repente, al otro lado, apareció la figura de
Momoko, que se despedía de alguien a quien no pude ver.
Me
derrumbo en el suelo mientras las lágrimas caen sin control por mis
mejillas. Me repito mil veces que no debo, pero no puedo evitarlo. La
historia se repite. Veo de lejos como te marchas, con ella de la
mano. Y sé que no volverás. Ya ha pasado más veces. Una última
mirada en tu dirección, que sonríes, aún sin saber lo que te
espera. Crees que todo será de color de rosas, pero no es así. Y
todo es por mi culpa. Tal vez no luché tanto como debería. Tal vez
no me esforcé tanto como creí. Al fin y al cabo, ella ha vuelto a
ganar. Pero la próxima vez, no será así. Juro que la próxima vez,
yo ganaré.
Cerré el gran baúl que, en caso de ser descubierto, llevaría no solo a mi perdición sino a la de toda la expedición. El chirrido de la puerta del camarote me hizo saltar y volverme rápidamente, con gesto severo.
-¡Capitán! -solicitó el segundo de a bordo, impaciente.
-¡¿Qué quieres, Américo?! -traté de imitar la voz de mi marido- ¡¿Cuántas veces tengo que deciros que no entréis en mi camarote sin llamar a la puerta?!
Sus ojos me escudriñaron por debajo del pañuelo que utilizaba para protegerse del Sol mientras trabajaba en la cubierta. Pedí a Dios que no me reconociera, aunque tenía más que consabido que él era el único capaz de darse cuenta del engaño.
-¿Por qué llevas sus ropas? -inquirió, entrecerrando los ojos. Me recoloqué rápidamente toda la vestimenta y le miré, arqueando las cejas.
-¿Qué haces con sus ropas, Isabella? -repitió, acercándose a mí contrariado. Di un paso atrás y recuperé la compostura justo antes de que sus manos me rozaran.
-No soy Isabella -sentencié, apartándolo con una mano y avanzando hacia la cubierta-. Ya no.
No se amedrentó y me siguió, cerrando la puerta antes de que pudiera salir afuera, y empujándome contra ella. Me acorraló entre sus brazos y posó su frente contra la mía, tratando de unir sus labios con los míos para hacerme perder la razón.
-Suéltame -ordené, perdiendo la fuerza de mi voz y el intento de llevar sobre mis hombros el peso de la capitanía.
Se separó de mí tan lentamente que el tiempo pareció detenerse y volver a rodar cuando ya estaba a su espalda, al borde de las lágrimas. No podía soportar aquella responsabilidad yo sola. Habíamos pasado tantas cosas juntos. ¿Por qué no? Él podría ayudarme a llevar aquella travesía a buen puerto.
-Américo -suspiré, quitándome el sombrero de capitán y lanzándolo contra la mesa donde descansaba el diario de a bordo-. Ahora yo seré la capitana.
No se movió de su lugar, ni le fue necesario pronunciar palabra para mostrar su sorpresa, pues sus ojos lo decían todo, mirando de un lado a otro en busca de su capitán, esperando que todo fuera tan solo una broma. Pero no lo era, y él ahora formaba parte del plan, del engaño que mantendría los barcos navegando en la dirección correcta, a favor del viento o en su contra.
-¿Dónde está el capitán? -se enfureció, súbitamente, abalanzándose sobre mí en un intento desesperado por recibir la respuesta que solo yo podía darle. Un golpe contundente con el sencillo candelabro que había acabado en el suelo en una sacudida del barco me sirvió para deshacerme de él durante un rato. Arrastré su cuerpo inconsciente junto al gran baúl cerrado a cal y canto y recogí de encima de la mesa la llave de éste y del camarote, guardándolas en el escote.
Afiancé el sombrero en mi cabeza y enmendé la ropa antes de salir con aire altanero a la cubierta. Era hora de sacar a aquellos marinos de la boca del lobo. Un par de golpes en el suelo con las grandes botas que ahora calzaba fueron suficiente para llamar su atención.
-¡Izad las velas! -ordené, haciéndome oír sobre el estrépito de las olas y las corrientes que nos intentaban empujar hasta el fondo marino-. ¡Debemos avanzar contra el viento si queremos evitar que el mar nos engulla! ¡Id a las bodegas y subid aquí a esos maleantes gandules! ¡A los remos!
Me apresuré en alcanzar el timón, agarrarlo con fuerza y dirigir la nave en dirección contraria, fuera del alcance de la furia de las aguas y el torbellino feroz que nos había arrebatado todo por cuanto habíamos partido de España. Pero no sería esa tripulación la que sucumbiera, no si tenían un capitán, no si estaba en mi mano impedirlo.
-Señor Rodrigo -llamé al vigía entre el crepitar-. La Marigalante echará anclas al borde de este infernal agujero marino. No permita que La Pinta y La Niña sigan nuestros pasos hasta aquí.
Rodrigo de Triana asintió, enviando señales a las otras dos embarcaciones de nuestra expedición para que no se acercaran a nuestra posición. Mientras, yo me mantuve firme en mi lugar.
“No podrás con nosotros, mar bravío del occidente. Con otros quizá, pero no con nosotros”.
Capítulo
12
Me
fui caminando hacia un lugar alejado, lejos de ella. Quería
descansar, y seguro que si buscaba un lugar para descansar en el que
ella estuviese cerca acabaría molestándome, que era lo único que
había hecho hasta el momento. No sabía porqué estaba allí ¿Para
ayudarme? Ja. Me habría ayudado mucho más una piedra del
camino.
Tenía sueño, estaba cansado, y para colmo en ese sitio no
había nada que pudiese ejercer la función de cama. No pedía mucho,
no quería un colchón de la mejor calidad posible dentro de una
mansión con habitaciones gigantes, no, yo sólo quería un colchón,
o algo de paja, donde pudiese tumbarme y descansar. ¿Tan difícil
era? Además, ya que me habían llevado allí, podrían haber pensado
un poco en las necesidades que todo ser humano tiene. Me alteraba
tanta estupidez por parte de Laisha, que apenas podía ayudarme en
nada, y eso hacía que me molestase aún más.
Capítulo
11
Me
sequé las lágrimas que caían por mis mejillas. No podía evitar
llorar al saber que nunca más podría ver a mi familia.
Afortunadamente, Mike no me había visto llorando, pues no quería
tener que darle explicaciones. Vi a Mike acercarse a mí después de
haberse llevado más de una hora dando vueltas sin parar. Podía
verse en su cara el enojo que tenía, pero no parecía que fuese
conmigo, si no más bien era como si estuviese enfadado consigo
mismo. Me fijé por primera vez en que había anochecido.
Capítulo
10
Llevábamos un rato callados. Yo caminaba alrededor del banco,
mientras ella, sentada, pensaba en sus cosas. Una de las veces que
pasé delante suya vi una lágrima cayendo por su mejilla, pero no
me paré a preguntarle. Al fin y al cabo, yo ya tenía bastantes
cosas de las que preocuparme como para tener que estar pendiente
también de ella. Se suponía que ella tenía que ayudarme a mí,
aunque para toda la ayuda que recibía de su parte, habría sido
mejor estar allí solo. Necesitaba encontrar respuestas a muchas
preguntas, y ella no estaba dispuesta a ayudarme. Lo más importante
de todo ahora mismo era saber dónde estaba. Una vez lo supiese,
sería más fácil encontrar una manera de salir de aquí, de buscar
a mis padres, ir al médico por el golpe... No sabía cuánto tiempo
llevaba aquí, pero seguro que mis padres estaban preocupados, seguro
que mi hermano estaba buscándome por la zona.
Capítulo
9
-¿¡Cómo!?-Gritó el chico de mal humor, acercándose con
fiereza al banco donde me había sentado. Sus ojos, azules como el
cielo, tenían una expresión de furia y confusión. Su pelo revuelto caía por su frente, y algunos mechones le tapaban la cara,
lo que le daba un aspecto más informal. Aún mirándome así, sentía
pena por él. Lo único que me habían dicho antes de llevarme hasta
allí era que había tenido un accidente en bicicleta y que había
entrado en coma. Mi trabajo era estar con él y ayudarle mientras
encontraba una salida, ya fuera la vida o la muerte. Pero, ¿cómo
decirle que estaba en coma? ¿Cómo decirle que estaba en un lugar
donde tendría que “vivir” hasta encontrar un remedio mientras
sus padres veían su cuerpo tendido en una camilla de hospital? Era
muy difícil para mí decirle que estaba semi-muerto. No entendía
porqué me habían asignado ese trabajo ¿No podía ayudar en otra
cosa? Lo miré, intentando buscar una manera de explicarle el
delicado estado en el que se encontraba, pero no podía mirar a
alguien a los ojos y decirle algo así. Decidí empezar por otra
cosa.
Capítulo
8
Abrí los ojos lentamente. ¿Donde estaba? Lo último que
recordaba era que iba con la bicicleta cuando, al llegar a un parque
cercano, que frecuentaba con mi hermano, un coche de policías
atravesó frente a mí, con mucha prisa, haciendo que frenase de
golpe y cayese. La bici cayó encima mía, dándome un fuerte golpe
con el manillar cerca del ojo. Quedé medio inconsciente, notaba un
pinchazo agudo en el ojo. Comencé a perder la razón, no sabía
donde estaba. Escuchaba ligeramente lo que sucedía en el exterior,
pero no podía decir nada, no podía ni siquiera mover una parte de
mi cuerpo o abrir los ojos para ver.
Capitulo 7
Llegamos a un edificio de construcción un tanto extraña. La chica rubia que seguía tirando de mí, se paró frente a la puerta.
-Bueno, aquí es donde trabajarás. Creo que ya tienen preparado tu primer trabajo.-Dijo sonriente. Entramos en el edificio y una mujer de pelo rojizo, de unos 30 años, estaba en recepción.
-Hola, Momoko.-Saludó sonriente la mujer del mostrador.
-Hola, Elissa, mira a quien traigo.-Dijo señalándome.
-Vaya, ya llegó. Hola, pequeña.-Dijo sonriente.-¿Te llamas Laisha, verdad?.-Yo asentí un tanto extrañada. Todo aquello era tan... distinto. ¿Cómo sabía mi nombre?
Capítulo
6
Se abrió la puerta y entró el doctor. Al instante, los padres
de Mike se levantaron, apretándose las manos con fuerza. Un silencio
tenso recorría la habitación. La madre no pudo contenerse mas y
habló.
-¿Cómo está mi hijo? ¿Qué le sucede?-Preguntó
inquiera.
-Relájese señora.-Dijo el doctor intentando
tranquilizarla.- Su hijo sufrió una contusión en el ojo con el
manillar de la bici al caer de esta. Esto le produjo una hemorragia
interna. Afortunadamente, pudimos detener la hemorragia a tiempo,
pero ahora mismo se encuentra en un coma, del cual esperemos
despierte en estas próximas semanas. Con respecto al golpe, puede
que le produzca algún tipo de daño en el campo visual, pero eso
habrá que comprobarlo cuando despierte, hasta entonces, no podemos
hacer más que esperar y seguir controlando su estado por si se
produce una nueva hemorragia. Tuvo suerte, si el golpe hubiese sido
más cercano al ojo, podría haber muerto al instante.-Dijo el médico
mientras inspeccionaba los papeles que llevaba en la mano,
probablemente con los datos de el paciente.
Capítulo
5
Caminé tranquila, aunque un poco insegura, inspeccionando ese
lugar. El lugar que pasaría a ser mi nuevo hogar. Vi a gente a lo
lejos jugando, saltando. Tal vez, una vez asumiera que estaba muerta,
no era tan complicado vivir aquí. Escuché a alguien corriendo a mi
espalda y me giré. Me encuentro con una chica, de poco más de 12
años, con dulces ojos color miel y cabellos color del trigo. Aunque
tiene una sonrisa en la cara, siento pena por ella y un poco de
curiosidad. ¿Que le habría ocurrido para estar aquí?
-¡Hola!-Dice
sonriente y muy alegre.
-Hola.-Mi voz suena en un susurro. Tal vez
es porque en estos 4 meses apenas he hablado con nadie.